2. Nombrar

Desde los bordes
Desde los bordes © Antonio Juárez, 2006

Nombrar es un acto mágico. Ver y nombrar lo que vemos constituye la base del pensamiento y de toda posibilidad de interpretación y transformación de lo que nos rodea. La distancia del propio ser con el mundo –prerrequisito necesario de toda creación– se realiza de manera clarividente con la palabra. La acción de proyectar requiere de esta permanente interacción con el mundo a través del lenguaje.

Así lo expresa magistralmente Jorge Salinas cuando explica, emocionado el papel del lenguaje en la formación de la persona y el poder de la palabra:

Por tener el lenguaje misión primordial comunicativa, y servir de enlace entre persona y persona, solemos fijarnos únicamente en este su valor social. ¿Pero no es, antes, algo más que eso? Imaginémonos un niño chico, en un jardín. Hace muy poco que aprendió a andar: le llama la atención una rosa en lo alto de su tallo, llega delante de ella, y mirándola con los ojillos nuevos, que se le encienden en alegría, dice: “¡Flor, flor!” Nada más que esto. ¿A quién se lo dice? Pronuncia la palabra sin mirar a nadie, como si estuviese solo con la flor misma. Se lo dice a la rosa. Y a sí mismo. El modular esa sílaba, es para él, para su ternura, gran hazaña. Y ese vocablo, ese leve sonido, flor, es en realidad un acto de reconocimiento, indicador de que el alma incipiente del infante ha aprendido a distinguir de entre las numerosas formas que el jardín le ofrece, una, la forma de la flor. Y desde entonces, cada vez que perciba la dalia o el clavel, la rosa misma, repetirá con aire triunfal su clave recién adquirida. Significa mucho: “Os conozco, sé que sois las flores”. El niño asienta su conocer en esa palabra.

[…]

El mundo exterior se extiende ante él, todo confuso, como amontonamiento de heterogeneidades, de formas variadas, indistinto, misterioso, indiscernible. Empieza a andar el niño por la vida como andaríamos nosotros por una vasta estancia, a oscuras, en la que se guarda una gran copia de objetos, muebles, libros, estatuas. La vista no llega a percibir con exactitud ninguna cosa, yerra sobre el conjunto desvalida; pero si enfocamos una linternilla eléctrica sobre el montón, de su abigarrada mescolanza saldrá, preciso, exacto, definido, el objeto que el rayo de luz aprehenda en su haz. El niño cuando dice “flor”, mirando a la rosa o al clavel, emplea la palabra denominadora, como un maravilloso rayo delimitador que capta en el desconcierto del mundo material una forma precisa, una realidad. ¡Gran momento, este! El momento en que el ser humano empieza a gozar, en perfecta inocencia, de la facultad esencial de la inteligencia: la capacidad de distinguir, de diferenciar unas cosas de otras, de diferenciarse, él, del mundo. El niño al nombrar al perro, a la casa, a la flor, convierte lo nebuloso en claro, lo indeciso en concreto. Y el instrumento de esa conversión es el lenguaje. Lo cual significa que el lenguaje es el primero, y yo diría que el último modo que se le da al hombre de tomar posesión de la realidad, de adueñarse del mundo. Cuenta el poeta catalán Juan Maragall que en cierta ocasión llevó a una niña de algunos años, que no conocía el mar, a la orilla del Mediterráneo, deseoso de ver el efecto que causaba en ella esa primera visión. La niña se quedó con los ojos muy abiertos y, como si el propio mar le enviara, dictado por el aire, su nombre, dijo solamente: “¡Mar, el mar!”. La voz es pura defensa. La criatura ve, ante sí, algo que por sus proporciones, su grandeza, su extrañeza, la asusta, casi la amenaza. Y entonces, pronuncia como un conjuro, estos tres sonidos: “mar”. Y con ellos, en ellos, sujeta a la inmensa criatura indómita del agua, encierra la vastedad del agua, de sus olas, del horizonte, en un vocablo. En suma, se explica el mar, nombrándolo y al nombrarlo pierde el miedo, se devuelve a su serenidad. Es eso, el mar, no es monstruo, ni pesadilla, es, no puede decirse de otro modo más sencillamente grandioso, el mar. Esta niña de Maragall está afirmando su persona, su personilla principiante, frente al paisaje marino, por virtud de la palabra. Está plantándose frente al mar, y diciéndole: “Tú eres el mar, yo soy una niña que te lo llamo”. Está pues cobrando conciencia de su ser en el mundo, frente a las demás cosas. El psicólogo francés Henri Delacroix ha escrito lo siguiente sobre el valor del lenguaje para la formación de la conciencia humana: “Al hablar, el hombre deja de ser una cosa entre las cosas, se coloca fuera de ellas para percibirlas como tales cosas y operar por medios que él inventa: esto supone la constitución de un mundo de objetos y la percepción de sus relaciones, supone un acto mental, un juicio creador de los objetos”.(1)

 

(1) PEDRO SALINAS, Aprecio y defensa del lenguaje, Editorial de la Universidad de Puerto Rico, San Juan, Puerto Rico, 1944.

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