21. Asombro cotidiano

Hacia la luz
Hacia la luz © Antonio Juárez, 2006

El arte y la arquitectura constituyen una misteriosa conversación con lo que amamos,  y -mas allá de la lógica- alimentan una actitud de asombro ante lo que nos rodea, que puede parecer a veces banal en una primera mirada, pero nos sacude como un inesperado atropello que nos acerca a ver más y a hacer más, a expandir el estrecho límite de nuestra mirada y de nuestra acción.
Una insondable comunión con todo lo que existe nos permite entablar una secreta conversación con el mundo y con las cosas, a veces entrecortada o con ritmos imprevisibles.
A esta conversación alude Joaquín Planell en un sorprendente y emocionante texto, nunca publicado hasta ahora, escrito en 1992 como introducción a una exposición de su obra en un curso de doctorado en la Escuela de Arquitectura de Madrid. Sirvan estas palabras como homenaje a un amigo del que llevo aprendiendo cosas fundamentales desde hace treinta años, epílogo y manifiesto de un largo texto que todavía hoy sigue siendo en su mayor parte inédito:

«La vivencia deliberada de una actitud  «extrañada»

como valor de aportación en lo  «heroicamente distinto», que trata de mostrar el

misterio de lo cotidiano

y lo natural de lo social humano.

El abandono del mundo para encontrar el Mundo y cambiarlo, para transformarlo creadoramente, en ritmos de apartamiento y soledad y de encuentro en profundidad -en el centro del Símbolo-

para prestar energía a los demás. Un ritmo vital que, de modo «natural»,

trata de equilibrar, de lograr una determinada escala entre situaciones simbólicas:

el árbol y el bosque,

el animal,

la flor,

el cielo y las nubes,

los pájaros,

el cuidado del jardín,

el paseo meditativo.

La conversación intensa y creadora con los auténticos amigos que comparten ideales creadores

y tensiones de crecimiento ponderado,

generoso.

La casa; el hogar, las circunstancias,  ¡miles…..de pequeñeces!  que envuelven

la cotidianeidad

y la llenan de dramático sentido.

Los alejamientos y acercamientos entre las gentes

que fundan,  constituyen y mantienen

un complejo dominio.

La soledad, inmensa a veces, en el propio hogar-taller. La aparente incomprensión de un destino exigente en lo pequeño, en lo despreciado socialmente, en lo  » sin brillo» que constituye el contexto deliberado de

una gran aventura

que se sabe nueva y substancial,

de cara a un mundo de actividades y competencias que se nos muestran

sin sentido.

Las angustias, pequeñas, continuas pero punzantes, que obligan a mantener un continuo temblor avispado para poder lograr una mínima supervivencia-límite relativa a unos esforzados ideales, en donde una cierta elegancia es imprescindible.

El trabajo continuo en la talla de la propia imagen, embestida sutilmente por un pequeño, aunque poderoso mundo, que nos somete implacablemente a prueba: Mundo donde todo habla, todo exige, todo es significativo. Sonidos,

voces, actitudes,

intercambios,

servicios mutuos,

conversaciones,

risas,

disputas,

todo en un ámbito de distensión preciso y que enmarca el diario trabajo.

La creación solitaria,

pero responsable, con mínimos espectadores poseídos de la fuerza en la exigencia real pactada, demandantes exactos de la justicia debida.

El trabajo que se inventa cada día.

el que nunca es solicitado y, cuando ocasionalmente lo es, exige la

entrega  «desde dentro» y  «desde abajo»  para que adquiera la Forma debida.

La angustia y, sin embargo, el profundo placer de poder pasar desapercibido para los demás, durante largas temporadas.

La Fe, constantemente ejercitada, en ritmos distendidos pero implacables, en cuyo seno la vida, como expresión genuina y extrañada de uno mismo, posee un valor por encima y por debajo de la vida común y, que no obstante, se desea sea común para todos según talentos y originalidades asumidas.

La deliberada huída de todo marco de competencia. La búsqueda de la paz conquistada en guerra con uno mismo y que abre el espacio legítimo que nadie puede intentar robar y que a nadie roba ni exige, pero que se constituye, tal vez, en norma de prueba e incitación.

Los días eternos

que implacablemente repiten y

se repiten con densidad creciente.

El Tiempo que se acelera a su paso: ¡extraña contradicción¡.

El Eterno Retorno de los ciclos solares, estacionales, rituales, siempre sorprendentes por sus dramáticos matices de variación amablemente agresiva.

El tiempo pausadamente acelerado en un espacio detenido y eternizado que, casi siempre, habla de las mismas cuestiones. Cuestiones que se van desvelando en profundidad: siempre las mismas, siempre recurrentes y más intensas e incisivas cada vez. Ellas confirman las intuiciones creadoras de los principios intencionales que han determinado un cierto modo de existencia.

Cuestiones que, por su reflexión contrastada con otras gentes y en una continua percepción de las pulsaciones, resultan ser paulatinamente confirmadas.

«Necesidades», que aparecen fantasmalmente y que logran el cumplimiento de su destino al ser reconocidas en su significación, a lo largo de un proceso de vuelta y vuelta, obsesiva y recurrente, a las mismas cuestiones y que, de un universo personal y

 restringido y solitario pasan progresivamente a desvelarse

como genéricas y universales,

sin necesidad de sondear la actividad convencional, tan llena de encuentros, de preguntas, de opiniones,

de mendicidades inexplícitas e indeclaradas,

en el ámbito espectral de la miseria-rica social aceptada en el falso Mito:

al margen del Gran Rito,

al Otro lado de la Frontera…; y, sin embargo, dentro,

subverticiamente infiltrado a través del Mundo de los deseos, de los sueños, de las imaginaciones,

de las esperanzas dramática e inútilmente mantenidas en apariencia.

La inmensa Fe en los demás, inexplicablemente sostenida por una

fuerza del Más Allá;

a pesar de todo.

Un creciente equilibrio entre la tensión de transformación futura -fiebre de juventud- y la energía del Pasado -poso de la madurez- que

crecientemente la equilibra y la carga de Potencia.

La Memoria va adquiriendo densidad y exige cada vez más espacio a la Imaginación de los escenarios futuros posibles en los que,

 humildemente ya, poder participar.

Los Muertos

que se levantan poco a poco, saliendo de sus brillantes tumbas entre velos y nieblas resplandecientes,

 transfigurados en la Luz y que, comprensivamente, imparten la muda y magistral lección: «Nosotros teníamos el Secreto y el Mensaje que no supiste conjurar a tiempo.»

Pero todavía hay Tiempo: es el Tiempo de la Presencia; ni tan siquiera el de

la Memoria; ni tan siquiera el de

la Imaginación,

la loca siempre activa que no sabe reposar en la cuna de su propia energía;

que no sabe dormir

amorosamente envuelta en las gasa de la Memoria asumida.

Se asume la Memoria-Nemósime cuando sabe emerger pura en nosotros, lavada, arrepentida,

humilde en su verdad. Y entonces es cuando somos conscientes de que

Memoria e Imaginación son amantes

que buscan en nuestro corazón limpio, su natural coincidencia.

Densidad, substancia, deseo de Ser uno mismo; y, desde uno mismo, paulatinamente conquistado y conocido, deseo de ser los demás en el

creador de la Obra total

en la que estamos sumergidos y de la que formamos parte.

Y todo esto, en una soledad y un silencio que nos con-forman amablemente desde su terrible apariencia. Porque Soledad y Silencio constituyen el medio y el velo de la gran Conversación de uno con uno mismo, de uno con el Mundo Conversador recatadamente escondido, pleno de figuras diversísimas

estructuradas amorosamente según jerarquías celestiales

que uno puede concitar a voluntad cuando desee. Espectadores respetuosos y amables

de nuestro drama cotidiano: intervienen sorpresivamente como un suspiro

y nos animan, estimulan, reprochan y acompañan; nos sugieren ideas y movimientos, nos elevan o nos hunden, nos mecen o nos empujan y, siempre, nos comprenden y justifican. Son los grandes compañeros en el

riesgo de una aventura que,

a veces, se nos muestra como

inútil.

Y siempre, como inevitable presencia, la compañera, la bien amada, la esposa…apareciendo y desapareciendo en ritmos que nunca coinciden pese a su aparente orden. Aparecen y desaparecen sus imágenes en el torbellino de una extraña ley dependiente del tono general de nuestras vivencias en sus múltiples

ramificaciones.

Cada circunstancia, cada sentimiento, cada sensación,

evocan su presencia de un modo distinto,

 siempre fuerte, siempre real.

Cada día, una pequeña gran aventura, imprevisible en la relación y el encuentro.

La amada va tiñendo en un sutil color, toda la experiencia: un color multicolor,

caleidoscopio sorprendente,

 espejo y alma de nuestro ser haciéndose día a día.

Todo se envuelve en su presencia-recuerdo.

Las cosas hablan de ella y todo resuena en ellas como un eco que nos confirma que somos y qué somos: perfecta entidad y consistencia poseída en reflejos y densidades, gracias a que ella

siempre está y

siempre es.» (1)

(1) PLANELL, Joaquín, «Epílogo y manifiesto» (1992), manuscrito inédito. Publicado con permiso del autor.